BUKELE Y SUS AMIGOTES SE HACEN RICOS: ¿ERA TODO MARKETING?
Crónicas del Este 17/07/2026 Política
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En Uruguay se escucha cada vez más. En una charla entre vecinos, en el almacén, en el taxi, en el trabajo o alrededor de una mesa aparece el mismo ejemplo:“Acá tendría que venir un Bukele”.Y no se habla solamente de inseguridad.Para muchos uruguayos, Nayib Bukele representa algo mucho más grande: la imagen del presidente que puso a los delincuentes en la cárcel, terminó con los privilegios, combatió la corrupción y, sobre todo, “no roba”. La explicación popular parece sencilla: en El Salvador ahora la plata alcanza porque los políticos dejaron de llevársela.Esa es, precisamente, una de las grandes fortalezas de la imagen construida alrededor de Bukele.Pero ¿es realmente así?Una investigación publicada por el diario español El País, titulada “Los nuevos oligarcas de El Salvador: la vertiginosa bonanza del círculo de Bukele”, muestra una realidad bastante más incómoda para el relato del presidente austero que terminó con los políticos que se enriquecían desde el poder.Las cifras no prueban por sí solas la existencia de delitos. Pero sí plantean preguntas que cualquier ciudadano debería hacerse antes de convertir a un gobernante en ejemplo absoluto de honestidad.Según la investigación, Ernesto Sanabria, secretario de Prensa del Gobierno, habría pasado de un patrimonio de 269.884 dólares en 2019, cuando Bukele llegó al poder, a más de dos millones de dólares en 2026.Y no sería un caso aislado.El periódico analizó las declaraciones patrimoniales de 75 funcionarios públicos y señala que al menos 21 de ellos aumentaron su patrimonio hasta en un 713% en siete años o menos.La jefa de Gabinete, Carolina Recinos, habría pasado de un patrimonio de 182.945 dólares a 1,3 millones. Douglas Rodríguez, presidente del Banco Central de Reserva, de 153.130 dólares a 1,3 millones. Miguel Kattán, secretario de Comercio e Inversiones, pasó de 403.620 dólares a 3,9 millones, aunque en este último caso buena parte del incremento estaría relacionado con un préstamo de 3,1 millones declarado como pasivo.También existen interrogantes sobre el crecimiento patrimonial de la propia familia presidencial.Investigaciones periodísticas citadas por El País sostienen que Bukele y su familia adquirieron 34 nuevas propiedades durante sus primeros siete años en el poder, multiplicando por doce las tierras en su poder, con propiedades valoradas en más de diez millones de dólares.El propio patrimonio de Bukele, según las cifras recogidas en la investigación, habría pasado de 964.546 dólares en 2012 a más de 4,4 millones en 2026.Entonces aparece una pregunta inevitable: ¿el presidente que construyó su popularidad presentándose como el hombre que terminó con los corruptos está siendo sometido a los mismos controles que exigía para quienes gobernaron antes?Porque una cosa es decir que no se roba y otra muy distinta es permitir que existan instituciones fuertes, prensa independiente, acceso a la información y organismos capaces de investigar sin miedo a quienes están en el poder.Bukele ha demostrado ser un extraordinario comunicador. Entendió como pocos la política de las redes sociales. No necesita esperar que otros construyan el relato sobre su gobierno: él mismo lo hace.Cada cárcel inaugurada, cada operativo de seguridad y cada obra pública se convierte en un producto comunicacional cuidadosamente presentado. Imágenes impactantes, videos cinematográficos, mensajes directos y un presidente que aparece como el protagonista de una transformación histórica.Y el mensaje cruzó las fronteras.Llegó también a Uruguay.Aquí hay ciudadanos que jamás estuvieron en El Salvador, que desconocen cómo funcionan sus instituciones y que probablemente nunca hayan leído una investigación sobre el patrimonio de quienes rodean al presidente, pero están convencidos de algo: “Bukele no roba y por eso la plata alcanza”.¿De dónde surge semejante certeza?En buena medida, de la imagen que el propio bukelismo ha logrado exportar al mundo.Eso es marketing político. Y del mejor.No significa que todo sea mentira. El Salvador experimentó una transformación evidente en materia de seguridad y millones de salvadoreños valoran poder transitar por lugares que antes estaban bajo el dominio de las pandillas. Negar esa realidad sería tan absurdo como aceptar sin preguntas todo el relato oficial.El problema comienza cuando un éxito concreto se utiliza para construir la imagen de un gobernante infalible.Porque reducir los homicidios no demuestra automáticamente que no exista corrupción. Construir cárceles no garantiza transparencia. Tener una enorme popularidad tampoco convierte a un gobierno en inmune a los conflictos de intereses, al enriquecimiento de sus funcionarios o al abuso del poder.Y allí está la gran contradicción.Bukele llegó prometiendo terminar con las viejas élites que se enriquecían mientras gobernaban. Sin embargo, ahora aparecen investigaciones que describen el vertiginoso crecimiento económico de personas pertenecientes a su círculo de poder.¿Terminó con la oligarquía o nació una nueva?

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