EDUARDO VÍCTOR HAEDO: EL IDEALISTA QUE DESAFIÓ EL PODER DESDE SUS ORÍGENES HUMILDES
Crónicas del Este 15/11/2024 Política
“Memo” Rioso
Eduardo Víctor Haedo es recordado como una figura fundamental en la historia política uruguaya, pero también como un líder que sufrió embates y resistencias por su origen humilde y su ideología. Conocido por su incansable pasión por las causas sociales y su capacidad para conectar con el pueblo, Haedo enfrentó una serie de obstáculos a lo largo de su carrera, tanto de sectores de poder que veían en él una amenaza como de rivales políticos que lo atacaron a lo largo de los años. Este es el retrato de un hombre que intentó luchar por su tierra, Soriano, y, ante la resistencia que encontró, decidió proyectarse hacia la política nacional con una visión de justicia y desarrollo para los más desfavorecidos.
HUMILDES ORÍGENES: MADRE LAVANDERA Y PADRE JORNALERO
Eduardo Víctor Haedo nació en el seno de una familia pobre en Soriano, una circunstancia que lo marcó profundamente. Su madre era lavandera y su padre, jornalero, trabajos que apenas alcanzaban para cubrir las necesidades básicas. Desde pequeño, Haedo entendió lo que significaba vivir con lo justo, y esa realidad despertó en él una sensibilidad hacia las luchas de las familias humildes de su región. Las penurias que enfrentaban sus padres moldearon su carácter y alimentaron su deseo de dedicar su vida a cambiar esa realidad para los demás.
El ambiente rural de Soriano, con sus duras condiciones de vida y pocas oportunidades para las familias más pobres, también influyó en su ideario. Para él, mejorar la situación de quienes vivían en condiciones precarias era una meta personal, y soñaba con liderar Soriano y traer un cambio real a su gente. Sin embargo, estos sueños pronto se vieron truncados por la resistencia de las élites locales.
QUISO ASUMIR EN SORIANO Y NO LO DEJARON
Con una sensibilidad innata, Haedo comenzó su vida profesional en los medios de comunicación, como periodista en su ciudad (Mercedes), donde la pluma se transformó en una de sus armas para defender sus ideales. Más tarde, cuando el deber lo llamó, dedicó su vida a la política, ocupando cargos fundamentales como diputado por Soriano y seis veces senador. Su consagración llegó en 1961, al asumir la presidencia del Consejo Nacional de Gobierno, desde donde defendió los derechos de los uruguayos y promovió el arte y la cultura, dejando huellas imborrables.
Haedo no era un político cualquiera; fue quien propuso la creación de la Facultad de Humanidades y la Comedia Nacional, impulsando el arte y el conocimiento en un Uruguay en constante evolución. Con su sello, la Ley 9.739 de derechos de autor vio la luz en 1937, protegiendo la obra de escritores, músicos y artistas. Su sentido de justicia y libertad trascendía los límites de la política; era un humanista en todo su esplendor.
Su hogar, La Azotea, en Punta del Este, fue testigo de momentos históricos y centro de reuniones de personalidades de todas las latitudes. Allí, entre paredes adornadas con obras de Pedro Figari y una colección de mates antiguos, se encontraron mentes tan ilustres como Juana de Ibarbourou, Pablo Neruda, el Che Guevara, y figuras del cine y la política como Mirtha Legrand y Juan Domingo Perón. Ese espacio era el reflejo de su espíritu libre, donde las puertas estaban abiertas a quienes llevaban ideas frescas y pensamientos audaces.
A lo largo de su vida, Haedo mantuvo su carácter indomable y su inclinación por la libertad. Su secretaria, María Elvira Echeverría de Abascal, recuerda con cariño aquellos momentos en que, más que jefe, era amigo y protector. Era un hombre de costumbres sencillas y gustos refinados. “Le gustaba jugar a la lotería y la quiniela,” cuenta, “y su casa en la calle Colonia y Julio Herrera y Obes la compró tras ganar la lotería”. La Azotea llevaba su esencia, un lugar nombrado en homenaje a su primer discurso político, pronunciado en la azotea de un viejo almacén de su pueblo.
Haedo era un hombre de contrastes. Era riguroso en la escena política y desbordante de calidez en la vida personal. Nunca ocultó su afición por la poesía, especialmente la de Ibarbourou, y fue él quien, en una noche emblemática, se aseguró de recibirla en el Palacio de Gobierno con una ceremonia digna de una reina. “La esperaba vestido de gala, con los granaderos formados en honor a Juana,” recuerda Elvira. Para Haedo, cada gesto contaba, y no dudaba en deslumbrar a quienes admiraba con detalles extraordinarios.
El 1 de marzo de 1961, al asumir la presidencia del Consejo Nacional de Gobierno, Haedo recordó sus orígenes con humildad. Intentó, sin éxito, que la ceremonia se realizara en su querida Mercedes, pero finalmente debió conformarse con una celebración en Montevideo. Luego viajó a su ciudad natal, donde fue recibido con honores, inauguró el panteón de su madre y recibió el apoyo incondicional de su amigo, el presidente argentino Arturo Frondizi. Aquellos festejos, en los que la Banda Presidencial replicaba el estilo usado por el presidente Bernardo Prudencio Berro, quedaron grabados en la memoria de los presentes.
LA RELACIÓN CON LUIS ALBERTO DE HERRERA
Dentro del Partido Nacional, Haedo encontró una figura que moldearía en gran medida su carrera política: Luis Alberto de Herrera. Herrera, con su liderazgo carismático y su visión nacionalista, era ya una figura consolidada y venerada en el partido. Para Haedo, Herrera representaba una inspiración, pero también un reto.
La relación entre Haedo y Herrera fue de admiración mutua, pero no siempre exenta de tensiones. Ambos compartían el deseo de proteger la soberanía del país y de impulsar un nacionalismo que favoreciera a los sectores populares, pero sus caminos y métodos diferían. Haedo se mostraba más inclinado hacia una política social progresista y una postura más abierta hacia reformas sociales, mientras que Herrera, aunque sensible a las necesidades populares, mantenía una visión más conservadora y pragmática, priorizando la unidad y estabilidad del partido.
Lamentablemente, Eduardo Víctor Haedo falleció el 15 de noviembre de 1970, hace ya 54 años, en el medio de una entrevista, dejando inconcluso su proyecto de país. Su muerte marcó el fin de una era y dejó a muchos de sus seguidores con un sentimiento de pérdida y frustración. Para quienes lo admiraban, Haedo era más que un político; era un líder que entendía las luchas del pueblo y que había intentado, con todas sus fuerzas, construir un país más justo. A pesar de sus logros, su visión de un Uruguay más equitativo y solidario quedó truncada por las limitaciones del contexto y por la resistencia de quienes preferían mantener el status quo.
“Memo” Rioso
Eduardo Víctor Haedo es recordado como una figura fundamental en la historia política uruguaya, pero también como un líder que sufrió embates y resistencias por su origen humilde y su ideología. Conocido por su incansable pasión por las causas sociales y su capacidad para conectar con el pueblo, Haedo enfrentó una serie de obstáculos a lo largo de su carrera, tanto de sectores de poder que veían en él una amenaza como de rivales políticos que lo atacaron a lo largo de los años. Este es el retrato de un hombre que intentó luchar por su tierra, Soriano, y, ante la resistencia que encontró, decidió proyectarse hacia la política nacional con una visión de justicia y desarrollo para los más desfavorecidos. HUMILDES ORÍGENES: MADRE LAVANDERA Y PADRE JORNALERO Eduardo Víctor Haedo nació en el seno de una familia pobre en Soriano, una circunstancia que lo marcó profundamente. Su madre era lavandera y su padre, jornalero, trabajos que apenas alcanzaban para cubrir las necesidades básicas. Desde pequeño, Haedo entendió lo que significaba vivir con lo justo, y esa realidad despertó en él una sensibilidad hacia las luchas de las familias humildes de su región. Las penurias que enfrentaban sus padres moldearon su carácter y alimentaron su deseo de dedicar su vida a cambiar esa realidad para los demás. El ambiente rural de Soriano, con sus duras condiciones de vida y pocas oportunidades para las familias más pobres, también influyó en su ideario. Para él, mejorar la situación de quienes vivían en condiciones precarias era una meta personal, y soñaba con liderar Soriano y traer un cambio real a su gente. Sin embargo, estos sueños pronto se vieron truncados por la resistencia de las élites locales. QUISO ASUMIR EN SORIANO Y NO LO DEJARON Con una sensibilidad innata, Haedo comenzó su vida profesional en los medios de comunicación, como periodista en su ciudad (Mercedes), donde la pluma se transformó en una de sus armas para defender sus ideales. Más tarde, cuando el deber lo llamó, dedicó su vida a la política, ocupando cargos fundamentales como diputado por Soriano y seis veces senador. Su consagración llegó en 1961, al asumir la presidencia del Consejo Nacional de Gobierno, desde donde defendió los derechos de los uruguayos y promovió el arte y la cultura, dejando huellas imborrables. Haedo no era un político cualquiera; fue quien propuso la creación de la Facultad de Humanidades y la Comedia Nacional, impulsando el arte y el conocimiento en un Uruguay en constante evolución. Con su sello, la Ley 9.739 de derechos de autor vio la luz en 1937, protegiendo la obra de escritores, músicos y artistas. Su sentido de justicia y libertad trascendía los límites de la política; era un humanista en todo su esplendor. Su hogar, La Azotea, en Punta del Este, fue testigo de momentos históricos y centro de reuniones de personalidades de todas las latitudes. Allí, entre paredes adornadas con obras de Pedro Figari y una colección de mates antiguos, se encontraron mentes tan ilustres como Juana de Ibarbourou, Pablo Neruda, el Che Guevara, y figuras del cine y la política como Mirtha Legrand y Juan Domingo Perón. Ese espacio era el reflejo de su espíritu libre, donde las puertas estaban abiertas a quienes llevaban ideas frescas y pensamientos audaces. A lo largo de su vida, Haedo mantuvo su carácter indomable y su inclinación por la libertad. Su secretaria, María Elvira Echeverría de Abascal, recuerda con cariño aquellos momentos en que, más que jefe, era amigo y protector. Era un hombre de costumbres sencillas y gustos refinados. “Le gustaba jugar a la lotería y la quiniela,” cuenta, “y su casa en la calle Colonia y Julio Herrera y Obes la compró tras ganar la lotería”. La Azotea llevaba su esencia, un lugar nombrado en homenaje a su primer discurso político, pronunciado en la azotea de un viejo almacén de su pueblo. Haedo era un hombre de contrastes. Era riguroso en la escena política y desbordante de calidez en la vida personal. Nunca ocultó su afición por la poesía, especialmente la de Ibarbourou, y fue él quien, en una noche emblemática, se aseguró de recibirla en el Palacio de Gobierno con una ceremonia digna de una reina. “La esperaba vestido de gala, con los granaderos formados en honor a Juana,” recuerda Elvira. Para Haedo, cada gesto contaba, y no dudaba en deslumbrar a quienes admiraba con detalles extraordinarios. El 1 de marzo de 1961, al asumir la presidencia del Consejo Nacional de Gobierno, Haedo recordó sus orígenes con humildad. Intentó, sin éxito, que la ceremonia se realizara en su querida Mercedes, pero finalmente debió conformarse con una celebración en Montevideo. Luego viajó a su ciudad natal, donde fue recibido con honores, inauguró el panteón de su madre y recibió el apoyo incondicional de su amigo, el presidente argentino Arturo Frondizi. Aquellos festejos, en los que la Banda Presidencial replicaba el estilo usado por el presidente Bernardo Prudencio Berro, quedaron grabados en la memoria de los presentes. LA RELACIÓN CON LUIS ALBERTO DE HERRERA Dentro del Partido Nacional, Haedo encontró una figura que moldearía en gran medida su carrera política: Luis Alberto de Herrera. Herrera, con su liderazgo carismático y su visión nacionalista, era ya una figura consolidada y venerada en el partido. Para Haedo, Herrera representaba una inspiración, pero también un reto. La relación entre Haedo y Herrera fue de admiración mutua, pero no siempre exenta de tensiones. Ambos compartían el deseo de proteger la soberanía del país y de impulsar un nacionalismo que favoreciera a los sectores populares, pero sus caminos y métodos diferían. Haedo se mostraba más inclinado hacia una política social progresista y una postura más abierta hacia reformas sociales, mientras que Herrera, aunque sensible a las necesidades populares, mantenía una visión más conservadora y pragmática, priorizando la unidad y estabilidad del partido. Lamentablemente, Eduardo Víctor Haedo falleció el 15 de noviembre de 1970, hace ya 54 años, en el medio de una entrevista, dejando inconcluso su proyecto de país. Su muerte marcó el fin de una era y dejó a muchos de sus seguidores con un sentimiento de pérdida y frustración. Para quienes lo admiraban, Haedo era más que un político; era un líder que entendía las luchas del pueblo y que había intentado, con todas sus fuerzas, construir un país más justo. A pesar de sus logros, su visión de un Uruguay más equitativo y solidario quedó truncada por las limitaciones del contexto y por la resistencia de quienes preferían mantener el status quo.
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