EL ASESINATO DEL COMANDANTE CASTILLO
Crónicas del Este 05/10/2026 Política
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Crónicas del Este desempolva una historia policial ocurrida en Paysandú, cuando la política, el honor militar y las venganzas personales podían terminar resolviéndose a cuchillo. El expediente reconstruye el brutal asesinato del comandante Romualdo Castillo y las sospechas que apuntaron mucho más lejos que los hombres que ejecutaron el crimen.Hubo un tiempo en que Uruguay era un país muy distinto. Las ciudades eran pequeñas, las distancias enormes y las autoridades muchas veces tenían que convivir con un mundo donde el poder político, la autoridad militar, las lealtades partidarias y las cuestiones de honor se mezclaban peligrosamente.En ese Uruguay, una disputa política podía transformarse en una conspiración. Una afrenta podía reclamar sangre. Y una muerte podía ser apenas la punta visible de una historia mucho más profunda.Uno de esos episodios ocurrió en Paysandú y tuvo como protagonista al comandante Romualdo Castillo, un militar que había alcanzado una posición de considerable importancia. Había nacido en San Pedro del Durazno el 7 de febrero de 1839 y, según el relato de la documentación histórica, tenía apenas 35 años cuando fue enviado por el presidente José Ellauri a Paysandú para hacerse cargo de la jefatura del 2.º de Cazadores.Castillo no era un hombre cualquiera. Había tenido una destacada carrera militar y había participado en la Guerra de la Triple Alianza. Su foja de servicios era presentada como intachable. Pero justamente esa autoridad lo convertiría en un obstáculo para determinados intereses políticos.El Uruguay atravesaba entonces uno de sus períodos más turbulentos. La confrontación entre blancos y colorados había dejado profundas heridas y el país estaba entrando en una etapa de enorme inestabilidad política.La documentación sostiene que contra Castillo existía una animosidad particularmente fuerte. Desde Montevideo se habría tramado una acción destinada a eliminarlo. La frase que aparece en el relato resulta estremecedora por su sencillez: “A Castillo lo hacemos matar”.El 2 de diciembre, la noticia comenzó a circular en Montevideo: el comandante había sido asesinado en Paysandú.Aquella noche, Castillo había abandonado su cuartel y regresaba tranquilamente a su domicilio. Caminaba por las calles de una ciudad que, en aquel entonces, estaba muy lejos de la iluminación, el tránsito y la seguridad de la vida moderna.Llevaba su espada de ordenanza, pero la había dejado sobre una silla de la mayoría antes de salir.Al cruzar la calle frente a su casa, dos hombres salieron de las sombras.Uno lo tomó por el brazo derecho, impidiéndole defenderse. El otro lo atacó por detrás con una daga y le asestó dos puñaladas mortales.Pero la violencia no terminó allí.Para asegurarse de que no sobreviviera, sus atacantes le dieron un profundo hachazo en la cabeza.El comandante cayó mortalmente herido.El ruido de la lucha alertó a su esposa, doña Laura, que se encontraba esperando a su marido. Al escuchar los gritos, salió corriendo hacia la calle.Encontró a Castillo agonizando.El relato cuenta que el comandante todavía tuvo fuerzas para atravesar la calle y desplomarse en los brazos de su esposa, rogándole que hiciera llamar a un médico.Murió poco después.El caso adquirió rápidamente una dimensión política. La investigación judicial comenzó a buscar responsables y aparecieron nombres vinculados al ambiente político y militar de la época.Uno de ellos fue Antonio Flores, integrante de la llamada Banda Lisa, quien fue trasladado a Montevideo para ser interrogado. También apareció María Jiménez, señalada en las diligencias, y posteriormente Tomás Pereyra o Freire.Pero la investigación no se limitaba a determinar quién había empuñado las armas.La gran pregunta era otra: ¿Quién había ordenado matar al comandante?La prensa principista de Montevideo comenzó a sospechar que detrás del asesinato podía existir una conspiración política. Isaac de Tezanos, desde las páginas de su diario, llegó a denunciar las acusaciones contra los responsables materiales y sostuvo que las sospechas apuntaban hacia quienes pretendían utilizar la violencia contra Castillo.Mientras tanto, en Paysandú, la viuda quedó marcada por una tragedia que parecía imposible de cerrar.Laura Castillo vivió medio siglo de viudez. Cuando murió, en 1921, todavía recordaba a su marido y, según el relato, tuvo ocasión de conocer a algunos de los presuntos asesinos que viajaban en el mismo barco que ella.Uno de los principales sospechosos, Latorre, había terminado desterrado en Buenos Aires.Y aquí aparece otro rasgo sorprendente de aquella sociedad.La viuda, prefirió durante años no señalar públicamente a quienes consideraba responsables. Solo después de la muerte del último de ellos pronunció una frase que resume una época en la que la religión, el honor y el perdón convivían con una violencia brutal: “¡Dios lo haya perdonado!”El comandante Castillo fue enterrado provisionalmente en Paysandú. Sus restos serían trasladados posteriormente a Montevideo y descansarían en la nave principal de la Iglesia del Reducto.

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