HARRISON BERGERON: EL OSCURO PECADO DE LA DISTINCIÓN
Crónicas del Este 05/05/2024 Sociedad
Marcelo Fabani
Puede considerarse a esta curiosa película de 1995 como una enumeración de clichés sobre élites dominadoras, conspiraciones,”durmientes”, “despiertos”, soberbia del poder y un montón de cosas que a esta altura de la Historia hasta casi resultan obvias.
Esa obviedad que lleva al espectador a comentar que “Ya lo sé, lo vi muchas veces antes”, es gracias a películas como ésta que han intentado describir una alternativa al orden social y jurídico que estamos acostumbrados a vivir.
Sin perjuicio de que se trata de una fantasía producto de la imaginación de Kurt Vonegut en un cuento de ciencia ficción distópica y satírica publicado en 1961 en “The Magazine of Fantasy and Science Fiction”, Harrison Bergeron pone a consideración del espectador un profundo cuestionamiento relativo a la conveniencia de la igualdad social.
El planteo de la película apela a lo radical. La sociedad americana del año 2081 a través de enmiendas constitucionales establece que todos los ciudadanos deben ser iguales. La mediocridad es un valor sagrado en la sociedad y nadie debe destacarse so pena de terminar preso o fusilado. Tal estado de las cosas ha devenido en un proceso de adecuación de un nuevo orden social implantado por unas clase gobernante.
La misma ha determinado que las individualidades han generado la envidia, el resentimiento y el odio como consecuencia de las desigualdades con las que nacen las personas.
Es así que determinan que nadie podrá destacarse en deportes, artes o ciencia y cualquier sospecha de inteligencia o voluntad propia deberá ser notificada a efectos de que en primera instancia se le ajuste la descarga al cerebro que una especie de vincha obligatoria aplica en forma permanente. Dicho artefacto debe estar conectado de forma permanente y se considera una violación a la ley quitárselo.
Harrison Bergeron (Sean Astin) tiene problemas en la escuela, ya que obtiene gracias a su inteligencia, las mas altas notas y por ello reprueba los cursos. Al punto que con la edad suficiente como para haber egresado, está en la misma clase que su bastante menor hermano.
La vincha no parece hacer mella en su inteligencia aún después de sucesivos ajustes de descarga, a fin de enlentecer su actividad cerebral.
En un último intento por lograr la “integración social” de Harrison al mundo de idiotas en el que se ha convertido la sociedad, lo condenan a pasar por un tratamiento quirúrgico donde se le colocarán dos implantes que definitivamente “freirán” su cerebro.
Como consuelo antes de su mutilación, el propio médico que ha decidido tal procedimiento, le da la dirección de una especie de burdel donde el placer no se encuentra en el sexo como era de esperar, sino en utilizar el cerebro.
Es así que Harrison, abatido por lo que comprende que será su última noche lúcido y a la vez presionado por una sociedad (padres incluidos) que está preocupada por su no integración al culto de la “mediocridad”, concurre al burdel.
Allí la “Madame” le da a elegir el compartir una hora con distintas chicas. Hay quienes son expertas en física cuántica, matemáticas, arte, ciencia y ajedrez.
Harrison ama el ajedrez, por lo que su elección es fácil. Y adicionalmente accederá a un sentimiento que solo conoció superficialmente: el Amor.
Y en correspondencia a ese amor que hizo que ante la llegada de la policía, coloca de nuevo sobre la cabeza de amada Philippa (Miranda de Pencier) su propia vincha ya que ella se la había sacado en un rapto de libertad. Asi queda en infracción legal y es arrestado pero viendo con satisfacción que su amada queda libre.
Al despertarse de una aparente cirugía se encuentra en una oficina cara a cara con su médico y el principal administrador del sistema Klaxon (Christopher Plummer).
Este le explica que lo han estado estudiando desde hace 2 años y que han visto que pertenece a la clase que tiene la responsabilidad de mantener el actual status quo para no degenerar otra vez en una Humanidad individualista y presa de las bajas pasiones que trae la desigualdad. Harrison se sorprende cuando al aceptar formar parte de eso, a la vez que debe renunciar al mundo exterior inclusive a no tener hijos, no tiene límite de acceso a las obras más bellas que ha producido el intelecto y el alma humanas, algo que jamás volverá a ocurrir.
Una verdadera revolución se producirá en su mente al punto de llegar a la sublevación y querer compartir todo aquello que se le ha ocultado a la población. Liberarlos del yugo de la imbecilidad va en correspondencia con el amor que siente por Philippa. Sin duda alguna es un ser extraordinario intelectual y sentimentalmente y por ello en extremo peligroso para la elite que decide los destinos de la Humanidad.
Pero quizá en su intempestiva reacción de pureza juvenil, no haya reparado en el inmenso valor de la constancia en la aplicación de políticas represivas y se encontrará con una sorpresa desagradable.
Para su desánimo, sus intenciones solidarias se toparán con que solo el 1,3% de la población se habrá dado cuenta de lo que él quería comunicarles y peor aún, lo habrá olvidado en pocas horas debido a la intensificación del electroshock continuamente suministrado a través de las nefastas vinchas.
Sin embargo, esta frustración del legado que quiso dejar a la sociedad se verá compensada por el embarazo de Philippa, asegurado por el administrador Klaxon quien ha mantenido siempre el secreto de ser el padre biológico de su amada.
Harrison Bergeron es una película simple de planteos complejos donde la tragedia alcanza el límite máximo. No sólo el destino del protagonista reviste esa tragedia sino la suerte de toda la Humanidad y sin embargo, se puede encontrar la esperanza una vez más en dos factores que han estado siempre rodeándola, protegiéndola y soportándola: El Amor y la Naturaleza.
El Amor rompe todas las barreras de la rigidez ideológica aún en el curtido corazón del Administrador Klaxon, permitiendo la unión de su hija y Harrison y luego trasladándola lejos para que tenga a su nieto, el cual heredará la inteligencia de su padre y será la semilla de la recuperación del ser humano pleno, natural, con su verdadera naturaleza a disposición de su libre albedrío.
La Naturaleza prevalecerá como lo hizo con las sucesivas regeneraciones del cerebro de Harrison en respuesta a los continuos ataques del electroshock así como en la procreación aún dentro del sector dominante donde la misma había sido prohibida.
Harrison Bergeron. Canadà.1995. 99 min.
Director: Bruce Pittman
Protagonistas: Christopher Plummer, Sean Astin, Miranda de Pencier
Marcelo Fabani
Puede considerarse a esta curiosa película de 1995 como una enumeración de clichés sobre élites dominadoras, conspiraciones,”durmientes”, “despiertos”, soberbia del poder y un montón de cosas que a esta altura de la Historia hasta casi resultan obvias. Esa obviedad que lleva al espectador a comentar que “Ya lo sé, lo vi muchas veces antes”, es gracias a películas como ésta que han intentado describir una alternativa al orden social y jurídico que estamos acostumbrados a vivir. Sin perjuicio de que se trata de una fantasía producto de la imaginación de Kurt Vonegut en un cuento de ciencia ficción distópica y satírica publicado en 1961 en “The Magazine of Fantasy and Science Fiction”, Harrison Bergeron pone a consideración del espectador un profundo cuestionamiento relativo a la conveniencia de la igualdad social. El planteo de la película apela a lo radical. La sociedad americana del año 2081 a través de enmiendas constitucionales establece que todos los ciudadanos deben ser iguales. La mediocridad es un valor sagrado en la sociedad y nadie debe destacarse so pena de terminar preso o fusilado. Tal estado de las cosas ha devenido en un proceso de adecuación de un nuevo orden social implantado por unas clase gobernante. La misma ha determinado que las individualidades han generado la envidia, el resentimiento y el odio como consecuencia de las desigualdades con las que nacen las personas. Es así que determinan que nadie podrá destacarse en deportes, artes o ciencia y cualquier sospecha de inteligencia o voluntad propia deberá ser notificada a efectos de que en primera instancia se le ajuste la descarga al cerebro que una especie de vincha obligatoria aplica en forma permanente. Dicho artefacto debe estar conectado de forma permanente y se considera una violación a la ley quitárselo. Harrison Bergeron (Sean Astin) tiene problemas en la escuela, ya que obtiene gracias a su inteligencia, las mas altas notas y por ello reprueba los cursos. Al punto que con la edad suficiente como para haber egresado, está en la misma clase que su bastante menor hermano. La vincha no parece hacer mella en su inteligencia aún después de sucesivos ajustes de descarga, a fin de enlentecer su actividad cerebral. En un último intento por lograr la “integración social” de Harrison al mundo de idiotas en el que se ha convertido la sociedad, lo condenan a pasar por un tratamiento quirúrgico donde se le colocarán dos implantes que definitivamente “freirán” su cerebro. Como consuelo antes de su mutilación, el propio médico que ha decidido tal procedimiento, le da la dirección de una especie de burdel donde el placer no se encuentra en el sexo como era de esperar, sino en utilizar el cerebro. Es así que Harrison, abatido por lo que comprende que será su última noche lúcido y a la vez presionado por una sociedad (padres incluidos) que está preocupada por su no integración al culto de la “mediocridad”, concurre al burdel. Allí la “Madame” le da a elegir el compartir una hora con distintas chicas. Hay quienes son expertas en física cuántica, matemáticas, arte, ciencia y ajedrez. Harrison ama el ajedrez, por lo que su elección es fácil. Y adicionalmente accederá a un sentimiento que solo conoció superficialmente: el Amor. Y en correspondencia a ese amor que hizo que ante la llegada de la policía, coloca de nuevo sobre la cabeza de amada Philippa (Miranda de Pencier) su propia vincha ya que ella se la había sacado en un rapto de libertad. Asi queda en infracción legal y es arrestado pero viendo con satisfacción que su amada queda libre. Al despertarse de una aparente cirugía se encuentra en una oficina cara a cara con su médico y el principal administrador del sistema Klaxon (Christopher Plummer). Este le explica que lo han estado estudiando desde hace 2 años y que han visto que pertenece a la clase que tiene la responsabilidad de mantener el actual status quo para no degenerar otra vez en una Humanidad individualista y presa de las bajas pasiones que trae la desigualdad. Harrison se sorprende cuando al aceptar formar parte de eso, a la vez que debe renunciar al mundo exterior inclusive a no tener hijos, no tiene límite de acceso a las obras más bellas que ha producido el intelecto y el alma humanas, algo que jamás volverá a ocurrir. Una verdadera revolución se producirá en su mente al punto de llegar a la sublevación y querer compartir todo aquello que se le ha ocultado a la población. Liberarlos del yugo de la imbecilidad va en correspondencia con el amor que siente por Philippa. Sin duda alguna es un ser extraordinario intelectual y sentimentalmente y por ello en extremo peligroso para la elite que decide los destinos de la Humanidad. Pero quizá en su intempestiva reacción de pureza juvenil, no haya reparado en el inmenso valor de la constancia en la aplicación de políticas represivas y se encontrará con una sorpresa desagradable. Para su desánimo, sus intenciones solidarias se toparán con que solo el 1,3% de la población se habrá dado cuenta de lo que él quería comunicarles y peor aún, lo habrá olvidado en pocas horas debido a la intensificación del electroshock continuamente suministrado a través de las nefastas vinchas. Sin embargo, esta frustración del legado que quiso dejar a la sociedad se verá compensada por el embarazo de Philippa, asegurado por el administrador Klaxon quien ha mantenido siempre el secreto de ser el padre biológico de su amada. Harrison Bergeron es una película simple de planteos complejos donde la tragedia alcanza el límite máximo. No sólo el destino del protagonista reviste esa tragedia sino la suerte de toda la Humanidad y sin embargo, se puede encontrar la esperanza una vez más en dos factores que han estado siempre rodeándola, protegiéndola y soportándola: El Amor y la Naturaleza. El Amor rompe todas las barreras de la rigidez ideológica aún en el curtido corazón del Administrador Klaxon, permitiendo la unión de su hija y Harrison y luego trasladándola lejos para que tenga a su nieto, el cual heredará la inteligencia de su padre y será la semilla de la recuperación del ser humano pleno, natural, con su verdadera naturaleza a disposición de su libre albedrío. La Naturaleza prevalecerá como lo hizo con las sucesivas regeneraciones del cerebro de Harrison en respuesta a los continuos ataques del electroshock así como en la procreación aún dentro del sector dominante donde la misma había sido prohibida. Harrison Bergeron. Canadà.1995. 99 min. Director: Bruce Pittman Protagonistas: Christopher Plummer, Sean Astin, Miranda de Pencier
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