PRESIDENTE ORSI: “NO HAY QUE DEJARSE LLEVAR A LOS PONCHAZOS”
Crónicas del Este 18/04/2026 Política
La historia nunca fue amable con quienes eligieron pararse del lado de los pueblos. Nunca fue fácil ser de izquierda. No lo fue en los años 30, cuando el fascismo avanzaba como una maquinaria de aplastamiento humano bajo figuras como Benito Mussolini o Adolf Hitler. No lo fue en los años 60, cuando América Latina se convirtió en un tablero de ajedrez de la Guerra Fría, donde cualquier intento de justicia social era respondido con persecución, cárcel o muerte. Y mucho menos lo fue durante el Plan Cóndor, esa coordinación siniestra de dictaduras al servicio de intereses extranjeros que dejó miles de desaparecidos en nuestro continente.
Hoy, las formas cambiaron, pero el fondo sigue siendo el mismo.
La derecha internacional arrecia, se reorganiza, muta. Ya no necesita tanques en las calles: ahora construye relatos, manipula algoritmos, financia campañas de desinformación y despliega ejércitos de odio en redes sociales. Con figuras como Donald Trump como estandarte de un discurso brutal y polarizante, o el accionar bélico de Benjamin Netanyahu, se consolida un bloque que pretende decidir quién merece legitimidad y quién debe ser disciplinado en el tablero global.
Y Uruguay no está aislado de esa lógica.
Aquí, los ecos de esa ofensiva son recogidos con entusiasmo por sectores políticos que no aceptan haber sido derrotados en las urnas. Detrás de una fachada de institucionalidad, operan con una lógica corrosiva: desgastar, condicionar, desestabilizar. El eje de esa estrategia tiene nombre y apellido: Luis Lacalle Pou, cuya obsesión por retornar al poder parece no conocer límites, ni siquiera los de la responsabilidad democrática.
No se trata de oposición. Se trata de sabotaje.
Porque cuando se intenta imponer desde afuera qué agenda internacional debe tener un gobierno legítimamente electo, cuando se cuestiona a un Presidente por reunirse con líderes del mundo por razones ideológicas, cuando se busca condicionar su presencia en escenarios internacionales, ya no estamos ante una disputa política sana. Estamos ante una estrategia de asfixia.
El Presidente Yamandú Orsi enfrenta hoy ese dilema histórico: ceder o resistir.
Y aquí es donde la historia vuelve a interpelarnos.
Nunca fue la claudicación el camino de quienes defendieron causas justas. Nunca fue agachar la cabeza lo que permitió conquistar derechos. Cada avance social, cada ampliación de libertades, cada conquista de dignidad, se logró enfrentando presiones, soportando ataques y pagando costos.
Por eso preocupa —y mucho— cualquier señal de retroceso ante quienes no buscan dialogar, sino someter. Porque ceder ante el chantaje político no apacigua a los agresores: los envalentona. No reduce la hostilidad: la multiplica. No fortalece la democracia: la debilita.
Además, hay un costo interno que no puede ignorarse. Cuando se deja espacio a las imposiciones de quienes operan desde el resentimiento político, se erosiona la confianza de quienes sostienen el proyecto desde adentro. La desmovilización, la frustración y la división no nacen de la crítica externa: nacen cuando se percibe que no hay firmeza para defender el rumbo.
Uruguay necesita un Presidente que entienda el momento histórico que atraviesa.
Reunirse con líderes como Pedro Sánchez o Luiz Inácio Lula da Silva no es un capricho ideológico: es una oportunidad estratégica. Dialogar con Europa, América Latina, África o Estados Unidos no es una concesión: es una obligación de cualquier jefe de Estado que comprenda que el mundo se construye con vínculos, no con aislamiento.
Cerrar puertas por presión de la oposición es, lisa y llanamente, renunciar a gobernar.
Y aceptar que actores derrotados electoralmente definan la política exterior es una anomalía democrática de proporciones.
Porque la pregunta de fondo es simple: ¿quién gobierna Uruguay?
¿El gobierno electo por la ciudadanía o una oposición que no acepta su lugar?
La democracia no es solo votar. Es respetar los resultados. Es aceptar que quien gana conduce y quien pierde controla, pero no condiciona hasta el punto de paralizar.
Hoy, más que nunca, se necesita valentía.
Valentía para sostener convicciones. Valentía para no ceder ante el ruido. Valentía para entender que gobernar no es agradar a todos, sino representar con firmeza el mandato popular.
Porque si algo nos enseñó la historia —desde las sombras del fascismo hasta las noches del Plan Cóndor— es que cuando los proyectos populares dudan, los poderes reaccionarios avanzan.
Y cuando avanzan, no lo hacen con diálogo.
La historia nunca fue amable con quienes eligieron pararse del lado de los pueblos. Nunca fue fácil ser de izquierda. No lo fue en los años 30, cuando el fascismo avanzaba como una maquinaria de aplastamiento humano bajo figuras como Benito Mussolini o Adolf Hitler. No lo fue en los años 60, cuando América Latina se convirtió en un tablero de ajedrez de la Guerra Fría, donde cualquier intento de justicia social era respondido con persecución, cárcel o muerte. Y mucho menos lo fue durante el Plan Cóndor, esa coordinación siniestra de dictaduras al servicio de intereses extranjeros que dejó miles de desaparecidos en nuestro continente. Hoy, las formas cambiaron, pero el fondo sigue siendo el mismo. La derecha internacional arrecia, se reorganiza, muta. Ya no necesita tanques en las calles: ahora construye relatos, manipula algoritmos, financia campañas de desinformación y despliega ejércitos de odio en redes sociales. Con figuras como Donald Trump como estandarte de un discurso brutal y polarizante, o el accionar bélico de Benjamin Netanyahu, se consolida un bloque que pretende decidir quién merece legitimidad y quién debe ser disciplinado en el tablero global. Y Uruguay no está aislado de esa lógica. Aquí, los ecos de esa ofensiva son recogidos con entusiasmo por sectores políticos que no aceptan haber sido derrotados en las urnas. Detrás de una fachada de institucionalidad, operan con una lógica corrosiva: desgastar, condicionar, desestabilizar. El eje de esa estrategia tiene nombre y apellido: Luis Lacalle Pou, cuya obsesión por retornar al poder parece no conocer límites, ni siquiera los de la responsabilidad democrática. No se trata de oposición. Se trata de sabotaje. Porque cuando se intenta imponer desde afuera qué agenda internacional debe tener un gobierno legítimamente electo, cuando se cuestiona a un Presidente por reunirse con líderes del mundo por razones ideológicas, cuando se busca condicionar su presencia en escenarios internacionales, ya no estamos ante una disputa política sana. Estamos ante una estrategia de asfixia. El Presidente Yamandú Orsi enfrenta hoy ese dilema histórico: ceder o resistir. Y aquí es donde la historia vuelve a interpelarnos. Nunca fue la claudicación el camino de quienes defendieron causas justas. Nunca fue agachar la cabeza lo que permitió conquistar derechos. Cada avance social, cada ampliación de libertades, cada conquista de dignidad, se logró enfrentando presiones, soportando ataques y pagando costos. Por eso preocupa —y mucho— cualquier señal de retroceso ante quienes no buscan dialogar, sino someter. Porque ceder ante el chantaje político no apacigua a los agresores: los envalentona. No reduce la hostilidad: la multiplica. No fortalece la democracia: la debilita. Además, hay un costo interno que no puede ignorarse. Cuando se deja espacio a las imposiciones de quienes operan desde el resentimiento político, se erosiona la confianza de quienes sostienen el proyecto desde adentro. La desmovilización, la frustración y la división no nacen de la crítica externa: nacen cuando se percibe que no hay firmeza para defender el rumbo. Uruguay necesita un Presidente que entienda el momento histórico que atraviesa. Reunirse con líderes como Pedro Sánchez o Luiz Inácio Lula da Silva no es un capricho ideológico: es una oportunidad estratégica. Dialogar con Europa, América Latina, África o Estados Unidos no es una concesión: es una obligación de cualquier jefe de Estado que comprenda que el mundo se construye con vínculos, no con aislamiento. Cerrar puertas por presión de la oposición es, lisa y llanamente, renunciar a gobernar. Y aceptar que actores derrotados electoralmente definan la política exterior es una anomalía democrática de proporciones. Porque la pregunta de fondo es simple: ¿quién gobierna Uruguay? ¿El gobierno electo por la ciudadanía o una oposición que no acepta su lugar? La democracia no es solo votar. Es respetar los resultados. Es aceptar que quien gana conduce y quien pierde controla, pero no condiciona hasta el punto de paralizar. Hoy, más que nunca, se necesita valentía. Valentía para sostener convicciones. Valentía para no ceder ante el ruido. Valentía para entender que gobernar no es agradar a todos, sino representar con firmeza el mandato popular. Porque si algo nos enseñó la historia —desde las sombras del fascismo hasta las noches del Plan Cóndor— es que cuando los proyectos populares dudan, los poderes reaccionarios avanzan. Y cuando avanzan, no lo hacen con diálogo.
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